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A un mes del sismo más devastador del siglo en Colombia, Cali y Pereira demuelen lo que el terremoto no terminó de derrumbar

Un mes después del terremoto más severo que ha golpeado a Colombia en el siglo, las autoridades avanzan con la demolición de edificios que, aunque no colapsaron durante el sismo, quedaron estructuralmente comprometidos e inhabitables.

Redacción Diario Latina · 10 de septiembre de 20264 min de lectura
A un mes del sismo más devastador del siglo en Colombia, Cali y Pereira demuelen lo que el terremoto no terminó de derrumbar

Se cumple un mes desde que Colombia enfrentó el terremoto más severo registrado en lo que va del siglo, un evento sísmico que dejó marcas profundas en el paisaje urbano de varias ciudades del país. Hoy, mientras la vida intenta retomar su curso, dos capitales departamentales concentran la atención: Cali y Pereira, donde las cuadrillas de demolición trabajan contrarreloj para derribar estructuras que el propio sismo no logró tumbar del todo.

Lo llamativo de esta etapa posterior a la tragedia es que buena parte de los edificios afectados no colapsaron en el momento del temblor. Sin embargo, los daños estructurales que sufrieron fueron tan severos que resultaron completamente inhabitables, lo que obligó a las autoridades locales a ordenar su demolición controlada como única alternativa viable frente al riesgo de un derrumbe posterior, potencialmente más peligroso por la falta de aviso previo.

Este tipo de escenario es habitual tras sismos de gran magnitud: edificaciones que superan la prueba inicial del movimiento telúrico, pero que quedan con fisuras en columnas, desplazamientos en sus cimientos o fallas invisibles a simple vista. Los ingenieros estructurales suelen advertir que estas construcciones representan una amenaza silenciosa, ya que pueden ceder ante una réplica menor o incluso sin necesidad de un nuevo evento sísmico.

El proceso de demolición en zonas urbanas densamente pobladas como Cali y Pereira no es sencillo ni rápido. Requiere estudios técnicos previos, coordinación con cuerpos de bomberos y defensa civil, y en muchos casos la evacuación temporal de las cuadras aledañas para garantizar que la caída controlada de los escombros no ponga en riesgo a vecinos ni a otras edificaciones cercanas que sí lograron mantenerse en pie sin daños mayores.

Colombia se ubica sobre una de las regiones de mayor actividad sísmica del continente, producto de la confluencia de las placas de Nazca, Caribe y Sudamericana. Aunque el país cuenta con normativas de construcción sismorresistente actualizadas desde hace décadas, buena parte del parque inmobiliario de sus ciudades intermedias fue edificado antes de que esos estándares se volvieran obligatorios, lo que explica por qué estructuras antiguas resultaron especialmente vulnerables frente a un movimiento de esta magnitud.

El impacto de un terremoto de esta escala trasciende lo estrictamente material. Miles de familias debieron abandonar sus viviendas de un día para otro, muchas de ellas sin poder recuperar pertenencias básicas, y hoy enfrentan la incertidumbre de procesos de reconstrucción que, según la experiencia de otros países de la región golpeados por sismos similares, suelen extenderse por años antes de normalizarse por completo.

Para la comunidad colombiana radicada en Estados Unidos, especialmente en ciudades como Miami, Nueva York o Houston, la tragedia tuvo un eco particular. Redes de solidaridad, colectas y organizaciones de migrantes colombianos activaron mecanismos de ayuda para familiares y comunidades afectadas, un patrón recurrente cada vez que un desastre natural golpea a países de origen de comunidades latinas con fuerte presencia en el país norteamericano.

El Gobierno nacional colombiano, junto con las alcaldías de las ciudades afectadas, ha señalado que la etapa de demolición es apenas el primer paso de un plan más amplio que contempla la reconstrucción de vivienda y la revisión de protocolos de construcción para evitar que edificaciones similares repitan los mismos errores estructurales. Sin embargo, ese proceso de reconstrucción integral suele tomar bastante más tiempo que la etapa de emergencia inicial.

A un mes del evento, el paisaje de Cali y Pereira todavía refleja las cicatrices del sismo: calles cerradas al tránsito, cuadrillas trabajando con maquinaria pesada y vecinos que observan, muchas veces con resignación, cómo caen los edificios que alguna vez fueron sus hogares o sus lugares de trabajo, en lo que se perfila como uno de los procesos de reconstrucción urbana más significativos que haya enfrentado el país en las últimas décadas.

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