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Adiós a un mapa con siglos de historia: la ONU respalda dejar atrás la proyección de Mercator

La Asamblea General de la ONU votó a favor de reemplazar la tradicional proyección de Mercator, acusada de distorsionar el tamaño real de África, por una representación más fiel de las proporciones del planeta.

Redacción Diario Latina · 5 de septiembre de 20264 min de lectura
Adiós a un mapa con siglos de historia: la ONU respalda dejar atrás la proyección de Mercator

La Asamblea General de la ONU dio un paso significativo al votar a favor de dejar de utilizar la clásica proyección de Mercator como referencia oficial para la elaboración de mapamundis. La decisión responde a un reclamo sostenido durante años por naciones africanas, que denunciaron que este sistema cartográfico distorsiona de manera notable las proporciones reales de los continentes.

El problema central señalado por los críticos es que la proyección de Mercator, creada en el siglo XVI, agranda de forma desproporcionada a Europa y Norteamérica en comparación con África, pese a que este último continente es en realidad mucho más extenso. Según explican especialistas en cartografía, esta distorsión no es un simple detalle técnico: durante décadas moldeó la manera en que millones de personas percibieron el tamaño y la importancia relativa de cada región del planeta.

La proyección fue desarrollada originalmente por el geógrafo flamenco Gerardus Mercator con un propósito muy específico: facilitar la navegación marítima, ya que permitía trazar rutas de rumbo constante en línea recta. Sin embargo, ese mismo mecanismo matemático que resultaba útil para los navegantes generó, como efecto colateral, una representación engañosa de las masas continentales, especialmente en las zonas cercanas al ecuador.

En términos concretos, el mapa de Mercator hace que países como Groenlandia aparezcan con un tamaño similar al de África, cuando en la realidad el continente africano es aproximadamente catorce veces más grande. Esta clase de distorsiones alimentó durante generaciones una percepción sesgada sobre la magnitud territorial y, según sus críticos, también sobre el peso simbólico de los países del sur global frente a las potencias del norte.

El reclamo por modificar esta representación no es nuevo. Distintos gobiernos y organizaciones africanas vienen planteando desde hace tiempo que la persistencia de este mapa en escuelas, medios de comunicación y organismos internacionales perpetúa una visión eurocéntrica del mundo, heredada de la época colonial, cuando las potencias europeas dominaban buena parte de la producción cartográfica global.

Existen alternativas que buscan corregir estas distorsiones, como la proyección de Gall-Peters, que respeta con mayor fidelidad las proporciones de superficie entre los distintos continentes, aunque a costa de alterar las formas. Otras propuestas, como la proyección de Winkel Tripel, intentan un equilibrio entre precisión de tamaños y de formas, y son las que utilizan actualmente publicaciones como National Geographic.

Este debate cartográfico se enmarca en una discusión más amplia sobre cómo los mapas no son meras herramientas neutrales, sino construcciones que reflejan relaciones de poder. Para la comunidad académica dedicada a la geografía crítica, la manera en que se representa el mundo influye en la educación, en la política internacional y hasta en la autopercepción de los pueblos, un debate que también resuena entre comunidades latinoamericanas y africanas que históricamente se vieron representadas como más pequeñas o periféricas.

Para la comunidad latina en Estados Unidos y para América Latina en general, este tipo de discusiones tiene una resonancia particular, ya que la región también apareció durante décadas achicada en los mapas tradicionales frente a Estados Unidos y Europa. Organizaciones educativas y culturales han señalado en distintas ocasiones que corregir estas representaciones puede contribuir a una enseñanza más equilibrada sobre la importancia geográfica y demográfica del sur global.

La votación en la ONU no implica una prohibición inmediata del mapa de Mercator, que seguirá teniendo aplicaciones prácticas en la navegación, pero sí marca un respaldo institucional a la idea de adoptar proyecciones alternativas en contextos educativos, diplomáticos y de comunicación oficial. Se espera que este pronunciamiento impulse a organismos internacionales, editoriales y sistemas educativos a revisar qué mapas utilizan para representar el mundo.

El caso vuelve a poner en agenda un debate que combina ciencia, historia y política: cómo un instrumento aparentemente técnico como un mapa puede tener consecuencias culturales duraderas, y por qué corregir esas distorsiones se considera, para muchos países africanos, un paso más hacia el reconocimiento de su verdadero peso en el mapa global.

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