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A un mes del terremoto en Colombia, la infancia enfrenta riesgos que no se ven

Organizaciones humanitarias advierten que más de 300.000 niños quedaron expuestos a separación familiar, violencia, pérdida de escolaridad y reclutamiento tras el sismo del 10 de agosto.

Redacción Diario Latina · 13 de septiembre de 20263 min de lectura
A un mes del terremoto en Colombia, la infancia enfrenta riesgos que no se ven

Un mes después de que un fuerte sismo sacudiera a Colombia el pasado 10 de agosto, las consecuencias visibles —edificios colapsados, vías cortadas, familias desplazadas— comienzan a ceder terreno frente a una preocupación más silenciosa: el impacto psicológico y social sobre la niñez afectada. Según expertos consultados por organizaciones humanitarias, más de 300.000 niños quedaron expuestos a una serie de riesgos que, a diferencia de los daños materiales, no siempre son inmediatamente perceptibles.

Entre las principales amenazas identificadas se encuentra la separación familiar, un fenómeno frecuente en contextos de desastre natural cuando los desplazamientos masivos, la confusión inicial y el colapso de infraestructuras dificultan que las familias permanezcan juntas o puedan localizarse rápidamente. Esta desconexión, incluso cuando es temporal, puede generar en los menores niveles de angustia comparables a los de la propia catástrofe.

A esto se suma la desescolarización, un efecto colateral que suele subestimarse en la cobertura mediática de los terremotos. La interrupción de clases no solo retrasa el aprendizaje académico, sino que priva a los niños de una de las principales estructuras de contención emocional y rutina que tienen en su vida diaria, justo en un momento en que más la necesitan.

Especialistas también advierten sobre el hacinamiento en refugios temporales y viviendas improvisadas, una condición que incrementa la exposición a la violencia intrafamiliar y comunitaria, y que reduce drásticamente los espacios de privacidad y protección que los menores requieren para un desarrollo saludable, especialmente en los primeros años de vida.

Uno de los riesgos más alarmantes señalados por las organizaciones es el del reclutamiento de menores por parte de grupos armados o estructuras criminales, un peligro que se intensifica en zonas donde el Estado pierde capacidad de presencia y control tras un desastre. La vulnerabilidad económica de las familias, sumada a la fractura de las redes de protección social, crea condiciones propicias para que estos grupos ofrezcan a los niños alternativas de subsistencia que en circunstancias normales no tendrían cabida.

Este panorama no es exclusivo de Colombia. En la región latinoamericana, la experiencia de desastres naturales previos —desde terremotos en Centroamérica hasta huracanes en el Caribe— ha demostrado de manera reiterada que los primeros meses posteriores a una catástrofe son un período crítico donde la protección infantil suele quedar relegada frente a la urgencia de reconstruir infraestructura básica: agua, vivienda y salud.

Diversos organismos internacionales, entre ellos UNICEF, han desarrollado protocolos específicos de respuesta humanitaria centrados en la niñez, que incluyen la instalación de espacios seguros temporales, la identificación rápida de menores no acompañados y programas de apoyo psicosocial. Sin embargo, la implementación efectiva de estos mecanismos depende en gran medida de la coordinación entre gobiernos locales, agencias internacionales y comunidades afectadas, un proceso que suele tomar semanas o meses en consolidarse.

Para la comunidad latina en Estados Unidos, con fuertes lazos familiares y culturales con Colombia, este tipo de crisis suele traducirse en una mayor atención a las campañas de ayuda humanitaria y en el envío de remesas destinadas específicamente a familiares afectados. Las diásporas latinoamericanas han jugado históricamente un rol relevante en la recuperación post-desastre de sus países de origen, tanto a través de aportes económicos como de presión para que la ayuda internacional priorice a los sectores más vulnerables.

A un mes del sismo, el desafío que enfrentan las autoridades colombianas y las organizaciones humanitarias ya no es solo la reconstrucción física de las zonas afectadas, sino garantizar que la protección de la infancia se mantenga como una prioridad sostenida en el tiempo, incluso cuando la atención mediática y la urgencia inicial comiencen a disminuir.

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