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Mariano Jabonero se despide de la OEI tras ocho años de tender puentes entre Iberoamérica y Europa

El educador español culmina en diciembre su mandato al frente de la Organización de Estados Iberoamericanos, tras consolidar una red de cooperación con 23 países y cientos de proyectos anuales. Su legado deja instalada una idea de fondo: América Latina no es periferia de Occidente, sino parte esencial de él.

Redacción Diario Latina · 14 de septiembre de 20264 min de lectura
Mariano Jabonero se despide de la OEI tras ocho años de tender puentes entre Iberoamérica y Europa

Después de ocho años al mando de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), el educador español Mariano Jabonero dejará su cargo este diciembre, cerrando un ciclo que transformó a la institución en una de las plataformas de cooperación educativa y cultural más activas del mundo hispanohablante. Su gestión, marcada por la ampliación de alianzas y la profesionalización de programas, deja una organización con una identidad renovada: menos burocrática y más orientada a resultados concretos en los países miembros.

Bajo su conducción, la OEI llegó a integrar 23 países de Iberoamérica y Europa, y desarrolló más de 600 proyectos anuales en materia educativa, cultural y científica, que beneficiaron a millones de personas en la región. Ese crecimiento no fue solo cuantitativo: implicó también un cambio de enfoque, con programas centrados en alfabetización, formación docente, primera infancia y modernización de sistemas educativos públicos, áreas consideradas clave para el desarrollo económico y social de América Latina.

El reconocimiento a esa labor llegó con el Premio Princesa de Asturias, uno de los galardones más prestigiosos del mundo iberoamericano, que distinguió el trabajo de la organización en la construcción de puentes entre ambos lados del Atlántico. Ese premio funcionó también como un espaldarazo simbólico a la idea que Jabonero repitió con insistencia durante su mandato: que la cooperación entre España, Portugal y América Latina no es un gesto de buena voluntad, sino una necesidad estratégica compartida.

La gestión de Jabonero se caracterizó, además, por una apuesta explícita a reposicionar el lugar de América Latina en el mapa geopolítico global. Su última batalla, según se desprende de su discurso de salida, fue de naturaleza más política que administrativa: instalar la idea de que la región no es periferia de Occidente, sino una parte constitutiva y esencial de él, con capacidad de aportar valor en educación, cultura, innovación y diplomacia.

Para entender el peso de esta despedida conviene recordar qué es la OEI y por qué importa. Fundada hace más de siete décadas, la organización nuclea a los países de habla hispana y portuguesa de América Latina junto con España y Portugal, con el objetivo de fortalecer la educación, la ciencia y la cultura como herramientas de desarrollo compartido. A diferencia de otros organismos multilaterales más centrados en lo comercial o lo diplomático, la OEI trabaja en el terreno: currículas escolares, formación de maestros, políticas de lectura y programas de equidad educativa.

Ese trabajo cobra particular relevancia para la comunidad latina en Estados Unidos y para los profesionales de la región que circulan entre ambos continentes. La cooperación educativa iberoamericana influye indirectamente en la calidad de la formación que reciben generaciones de estudiantes que luego emigran, estudian o hacen negocios en Norteamérica, y contribuye a sostener vínculos culturales e idiomáticos que muchas familias latinas en Estados Unidos valoran como parte de su identidad.

El concepto de una 'casa común' entre Iberoamérica y Europa, que da título a la despedida de Jabonero, remite a una discusión de fondo que atraviesa hace años a la diplomacia cultural: si América Latina debe pensarse como un anexo de Occidente o como uno de sus centros de gravedad, con voz propia en foros globales sobre educación, tecnología y desarrollo sostenible. La gestión saliente apostó decididamente por la segunda visión.

El recambio al frente de la OEI llega en un momento en que la cooperación multilateral enfrenta presiones presupuestarias y una creciente competencia por la atención política de los gobiernos, más concentrados en agendas de seguridad, migración y economía. En ese contexto, el legado de ocho años de expansión institucional se presenta como un antecedente relevante para quien asuma la conducción del organismo, con el desafío de sostener el nivel de alcance alcanzado en los más de 600 proyectos anuales sin perder el foco en los resultados educativos concretos.

La salida de Jabonero abre además un interrogante sobre la continuidad de las líneas estratégicas impulsadas durante su mandato, en particular la ambición de posicionar a la región iberoamericana como un actor con peso propio en los debates globales sobre educación y cultura, más allá de los vaivenes políticos de cada país miembro.

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