El otro rostro del mormonismo: cómo su iglesia se convirtió en un gigante inmobiliario de Estados Unidos
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días administra un portafolio de bienes raíces que crece silenciosamente por todo el país, con una lógica de inversión propia de un fondo soberano y una estrategia de adquisiciones que sus críticos califican de calculada.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocida como la Iglesia mormona, opera en Estados Unidos una estructura financiera que va mucho más allá de lo religioso. Según reportes recientes, la institución funciona de facto como un fondo soberano, comprando y administrando miles de propiedades con una visión de inversión a largo plazo que poco tiene que envidiarle a cualquier gestora de activos de Wall Street.
El patrimonio inmobiliario de la iglesia se extiende por distintos estados del país e incluye desde terrenos agrícolas hasta edificios comerciales y desarrollos urbanos. La estrategia, según describen quienes la analizan, no responde a necesidades pastorales inmediatas sino a una lógica de acumulación patrimonial sostenida en el tiempo, lo que ha llevado a algunos observadores a calificar a la organización de 'oportunista de manera calculada'.
Esta expansión no es un fenómeno nuevo, pero sí ha ganado visibilidad en los últimos años a medida que se conocen más detalles sobre el volumen y la escala de las operaciones. La combinación de bajo perfil público y alta capacidad de inversión ha generado interrogantes sobre la transparencia con la que se maneja el dinero de los fieles y su reinversión en activos que exceden ampliamente el ámbito religioso.
Para entender la magnitud de este fenómeno conviene recordar que la Iglesia mormona es una de las instituciones religiosas con mayor poder económico del mundo. Fundada en el siglo XIX en Estados Unidos, cuenta hoy con millones de miembros a nivel global y una estructura corporativa altamente organizada que administra inversiones, seguros, agricultura y bienes raíces bajo un mismo paraguas institucional.
Históricamente, la iglesia ha promovido entre sus fieles una cultura de diezmo y ahorro que alimenta sus arcas de manera constante. Ese flujo de ingresos, sumado a decisiones de inversión conservadoras pero sostenidas, permitió acumular con el tiempo un patrimonio que analistas financieros han comparado con el de grandes fondos institucionales, aunque con una diferencia clave: la opacidad con la que se reportan sus finanzas, dado su estatus de organización religiosa exenta de impuestos.

Este tipo de estructuras plantea preguntas relevantes para la comunidad latina en Estados Unidos, donde la presencia mormona ha crecido de manera sostenida en las últimas décadas, particularmente en estados como Utah, Arizona, Nevada y Texas. Muchos latinos se han incorporado a la fe y, con ello, también al sistema de diezmos y participación económica que sostiene esta maquinaria institucional.
El debate sobre el rol económico de las iglesias en Estados Unidos no es exclusivo del mormonismo, pero sí adquiere particular relevancia en este caso por la escala de las operaciones y el hecho de que gran parte de estos movimientos se realizan bajo figuras corporativas con escasa obligación de rendición de cuentas pública. Esto ha generado un terreno fértil para el escrutinio periodístico y académico sobre cómo se gestionan estos fondos.
La expansión inmobiliaria también se inserta en una tendencia más amplia de instituciones no tradicionales, como fondos de pensión, aseguradoras y ahora organizaciones religiosas, que compiten con inversores privados por terrenos y propiedades en mercados clave de Estados Unidos. Esto puede tener efectos indirectos sobre la disponibilidad y el precio de la vivienda en determinadas regiones, un tema sensible para comunidades de ingresos medios, incluida buena parte de la población latina.
Especialistas en finanzas y bienes raíces consultados por medios especializados sostienen que este tipo de compras estratégicas responde a una visión de preservación de capital a muy largo plazo, típica de fondos con horizontes de inversión que superan las décadas. En ese sentido, la Iglesia mormona se asemeja más a un actor institucional sofisticado que a una organización religiosa tradicional en su forma de gestionar el patrimonio.
El caso vuelve a poner en el centro del debate público la relación entre religión, poder económico y transparencia en Estados Unidos, un país donde las instituciones religiosas gozan de beneficios fiscales significativos. Mientras la conversación sobre regulación y rendición de cuentas continúa, el imperio inmobiliario de la iglesia sigue expandiéndose, consolidando su posición como uno de los actores financieros más singulares —y menos visibles— del paisaje económico estadounidense.
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