En Colombia, el terremoto dejó otra herida que pocos quieren nombrar: la salud mental
Tras el sismo que sacudió al país, especialistas advierten que el impacto psicológico en los sobrevivientes choca con un histórico estigma social que dificulta buscar ayuda profesional.

El reciente terremoto en Colombia dejó, además de daños materiales visibles, un rastro de consecuencias que no se registran en los reportes de infraestructura: el impacto psicológico en miles de personas que vivieron el sismo en carne propia. Especialistas en salud mental que trabajan en las zonas afectadas advierten que la ansiedad, el insomnio y el estrés postraumático comenzaron a manifestarse apenas horas después del movimiento telúrico, aunque su magnitud real recién empieza a dimensionarse.
A diferencia de una fractura o una vivienda colapsada, las heridas invisibles que deja un desastre natural no siempre son reconocidas como una prioridad de atención. En comunidades donde los recursos y la urgencia se concentran en la reconstrucción física, el acompañamiento emocional suele quedar relegado a un segundo plano, incluso cuando los síntomas psicológicos pueden prolongarse durante meses o años si no reciben tratamiento adecuado.
Uno de los principales obstáculos que enfrentan quienes intentan acceder a ayuda, según los propios profesionales del sector, es el estigma social que todavía rodea a la salud mental en buena parte de América Latina. Pedir asistencia psicológica suele interpretarse, en ciertos entornos, como una señal de debilidad o como un asunto reservado para casos extremos, lo que retrasa o directamente impide que las personas busquen contención en el momento en que más la necesitan.
Este tabú no es exclusivo de Colombia: atraviesa a gran parte de la región y también se replica dentro de las comunidades latinas que residen en Estados Unidos, donde barreras culturales, idiomáticas y económicas suelen sumarse a la falta de cobertura médica adecuada. Diversos estudios sobre salud pública han señalado que los hispanos en el país norteamericano acceden a servicios de salud mental en proporciones significativamente menores que otros grupos poblacionales, pese a presentar niveles similares o superiores de necesidad.

En el caso puntual de los desastres naturales, la literatura especializada es clara: los efectos psicológicos suelen aparecer en distintas etapas. Primero, el shock inicial y la hiperalerta; luego, cuadros de ansiedad y trastorno de estrés postraumático que pueden consolidarse si no hay una intervención temprana; y finalmente, en los casos no atendidos, cuadros crónicos de depresión o aislamiento que afectan la calidad de vida a largo plazo.
La experiencia de otros países de la región golpeados por terremotos —como Chile, México o Ecuador— demostró que la incorporación de brigadas de salud mental en los protocolos de emergencia reduce de forma considerable las secuelas psicológicas a mediano plazo. Sin embargo, esa integración todavía es incipiente en muchos planes de contingencia latinoamericanos, donde la prioridad presupuestaria sigue recayendo casi exclusivamente en la infraestructura y la asistencia material inmediata.
Para la audiencia latina en Estados Unidos, el tema tiene una resonancia particular: buena parte de esa comunidad mantiene lazos familiares directos con las zonas afectadas y sigue de cerca el proceso de recuperación, muchas veces desde la distancia y con la angustia adicional de no poder acompañar presencialmente a sus seres queridos. Esa dualidad —preocupación emocional y limitaciones logísticas— es un fenómeno cada vez más estudiado entre las diásporas latinoamericanas.
Organizaciones no gubernamentales y colegios de psicólogos colombianos comenzaron a desplegar equipos de apoyo psicosocial en los albergues y zonas de reconstrucción, en un esfuerzo por instalar la idea de que la atención emocional es tan urgente como la asistencia médica o habitacional. El desafío, coinciden los especialistas, no es solo técnico sino cultural: normalizar la conversación sobre el malestar emocional en un contexto donde durante generaciones se privilegió el silencio y la resiliencia individual por sobre la búsqueda de ayuda externa.
El caso colombiano se suma así a un debate más amplio sobre cómo los sistemas de salud latinoamericanos —y también los que atienden a comunidades hispanas en Estados Unidos— deben repensar sus protocolos frente a catástrofes naturales, incorporando de manera estructural la dimensión emocional como parte indispensable de cualquier plan de recuperación.
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