España afronta el Mundial de balonmano con un vestuario que mezcla generaciones y busca el podio
La selección española de balonmano femenino, ausente en la edición de 2022, llega al Mundial de Alemania con la ilusión de pelear por una medalla. La convivencia entre jugadoras mileniales y de la generación Z se convirtió en uno de los pilares del equipo.

La selección española de balonmano femenino vuelve a la elite mundial con la mira puesta en el podio. El equipo disputa desde este mes el Mundial de Alemania, torneo que se extiende entre el 4 y el 13 de septiembre, y llega con la revancha pendiente de haberse quedado fuera de la cita de 2022, una ausencia que dolió puertas adentro del deporte español.
Detrás de las aspiraciones deportivas hay una historia de convivencia que explica buena parte de la solidez del grupo. En el vestuario conviven dos generaciones bien diferenciadas: jugadoras mileniales, con más recorrido internacional, y jugadoras de la generación Z, que llegan con otra forma de entender el deporte, el cuerpo técnico y hasta la vida fuera de la cancha.
Dos nombres sintetizan esa brecha etaria que, lejos de ser un obstáculo, se transformó en un motor de cohesión: Mariona Ortiz, de 34 años, y Helena Pueyo, de 25. Ambas representan extremos de una misma camada dorada del balonmano español, y su relación funciona como termómetro de cómo se articula el vínculo entre las veteranas y las jugadoras más jóvenes del plantel.
Las diferencias no son solo de edad. Se notan en los gustos musicales antes de un partido, en la forma de vestir en los viajes del equipo, en el uso de redes sociales y en la manera de procesar la presión competitiva. Sin embargo, según relatan las propias protagonistas, esas distancias en lo cotidiano se disuelven apenas pisan la pista, donde la química colectiva termina primando sobre cualquier diferencia generacional.

El balonmano femenino español atraviesa un momento de recambio natural, en el que las jugadoras consagradas conviven con una camada emergente formada en un contexto deportivo distinto, con más visibilidad mediática y mayores exigencias físicas. Ese proceso de transición suele ser delicado en cualquier deporte de conjunto, porque implica repartir minutos, roles y protagonismo entre distintas generaciones sin resentir el rendimiento colectivo.
El balonmano no goza en España del mismo protagonismo mediático que otros deportes de equipo, pero sostiene una tradición de resultados internacionales que lo convirtió en una de las disciplinas más consistentes del deporte femenino español en las últimas dos décadas. Los Mundiales y Europeos funcionan como vidriera clave para un deporte que necesita visibilidad para sostener el interés de patrocinadores y federaciones.
La ausencia en el Mundial de 2022 fue un golpe simbólico para un equipo acostumbrado a estar entre los protagonistas del certamen. Volver a clasificarse y hacerlo con aspiraciones de medalla reinstala a España en la conversación de las potencias del balonmano mundial, un círculo reducido donde compiten históricamente selecciones europeas como Noruega, Francia y Dinamarca.
Para las jugadoras más jóvenes, como Pueyo, el Mundial de Alemania representa además una oportunidad de consolidarse en la selección absoluta y de aprender de compañeras con más experiencia en competencias de este calibre. Para las mileniales del plantel, como Ortiz, se trata de una nueva chance de cerrar con un logro grupal una trayectoria ya consolidada en el deporte de alto rendimiento.
El torneo alemán también sirve como antesala de otros compromisos internacionales del ciclo olímpico, por lo que el rendimiento del equipo en esta cita será observado de cerca por el cuerpo técnico y la federación española de cara a la planificación de los próximos años. La convivencia lograda entre generaciones, más allá del resultado deportivo puntual, se perfila como un activo a largo plazo para la selección.
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