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La japonesa que pasó 24 años cautiva en Corea del Norte y fue obligada a casarse con un desertor estadounidense

Hitomi Soga fue raptada en 1978 desde una isla japonesa y mantenida en Corea del Norte durante más de dos décadas, donde el régimen la obligó a contraer matrimonio con un soldado de Estados Unidos que había desertado. Su caso forma parte de una lista de al menos 17 secuestros reconocidos por Japón.

Redacción Diario Latina · 30 de agosto de 20264 min de lectura
La japonesa que pasó 24 años cautiva en Corea del Norte y fue obligada a casarse con un desertor estadounidense

Hitomi Soga tenía apenas 19 años cuando su vida cambió para siempre. En 1978, mientras caminaba junto a su madre por una isla del Japón rural, agentes norcoreanos las interceptaron y las llevaron a la fuerza hasta la costa, donde las embarcaron rumbo a Corea del Norte. Desde ese momento, Soga pasó a formar parte de una de las historias de secuestro de Estado más extrañas y menos conocidas de la Guerra Fría tardía.

Durante más de 24 años, la joven vivió recluida en territorio norcoreano, separada de su familia y de todo contacto con el mundo exterior tal como lo había conocido. En ese encierro, el régimen de Pyongyang la obligó a casarse con Charles Robert Jenkins, un soldado estadounidense que había desertado del Ejército de EE.UU. y cruzado la frontera hacia Corea del Norte en plena Guerra Fría, buscando escapar de un eventual despliegue en Vietnam.

El matrimonio, lejos de ser una elección personal, fue orquestado por las autoridades norcoreanas como parte de un sistema en el que extranjeros retenidos eran emparejados entre sí, muchas veces con fines de adoctrinamiento, control social o para que sirvieran como instructores de idiomas y costumbres occidentales para espías del régimen. Soga y Jenkins tuvieron dos hijas nacidas y criadas dentro de ese sistema cerrado.

El caso de Soga no es aislado. Según reconoció el propio gobierno de Japón, al menos 17 ciudadanos japoneses fueron secuestrados por agentes norcoreanos durante las décadas de 1970 y 1980, en su mayoría desde zonas costeras. Muchas de esas personas nunca regresaron, y sus familias todavía reclaman información sobre su paradero o su suerte final.

Soga finalmente pudo regresar a Japón en 2002, en el marco de una cumbre histórica entre el entonces líder norcoreano Kim Jong Il y el primer ministro japonés Junichiro Koizumi, en la que Pyongyang admitió por primera vez de manera oficial haber secuestrado a ciudadanos japoneses. Aquel reconocimiento fue un quiebre diplomático, aunque en un principio se pensó que el regreso sería temporal y que los secuestrados volverían luego a Corea del Norte, algo que finalmente no ocurrió.

Para entender la magnitud de estos secuestros hay que ubicarlos en el contexto de la estrategia de inteligencia norcoreana de esas décadas. Pyongyang buscaba formar espías capaces de infiltrarse en Japón y Corea del Sur haciéndose pasar por locales, y para eso necesitaba que aprendieran el idioma, los modismos y las costumbres cotidianas de primera mano. Los secuestros de civiles, muchas veces elegidos al azar en pueblos costeros, respondían a esa necesidad de entrenamiento encubierto.

El régimen norcoreano ha sido señalado durante décadas por organismos de derechos humanos por prácticas de este tipo, que incluyeron no solo a japoneses sino también a ciudadanos de otros países, incluidos casos vinculados a militares estadounidenses desertores como Jenkins, quien luego de décadas en Corea del Norte terminó entregándose a las autoridades de EE.UU. y cumpliendo una breve condena militar antes de instalarse junto a Soga en Japón.

El desenlace de esta historia también resuena en comunidades de la diáspora asiática y latina en Estados Unidos, donde casos de desapariciones forzadas, trata de personas y control estatal sobre la vida privada de las víctimas suelen generar empatía y atención mediática, al tratarse de violaciones extremas a los derechos humanos que trascienden fronteras y generaciones.

Hoy, Hitomi Soga se ha convertido en una de las voces más visibles del reclamo japonés por los secuestrados que aún no regresaron, participando en actos públicos y encuentros con autoridades para mantener viva la exigencia de respuestas por parte de Pyongyang. Su testimonio, marcado por dos décadas y media de cautiverio y un matrimonio impuesto, sigue siendo citado como uno de los relatos más elocuentes sobre el costo humano de una política de Estado diseñada en las sombras de la Guerra Fría.

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