"Los ilegales": el programa de espías rusos que durante décadas tejió una red secreta en América Latina
Una investigación de BBC Mundo repasa la historia del programa de espionaje más secreto de Rusia, activo desde antes de la Revolución de 1917 hasta la actualidad, y su larga relación con países latinoamericanos usados como plataforma de operaciones.

El servicio de inteligencia ruso mantiene desde hace más de un siglo uno de sus proyectos más celosamente guardados: el programa conocido como "Los ilegales", una red de agentes que operan en el extranjero sin cobertura diplomática, haciéndose pasar por ciudadanos comunes durante años o incluso décadas antes de ser activados. A diferencia de los espías tradicionales que trabajan bajo protección consular, estos agentes construyen identidades falsas completas, con biografías, empleos y vínculos familiares que les permiten pasar completamente desapercibidos.
El origen de este programa se remonta a antes de la Revolución Rusa de 1917, cuando los servicios de inteligencia zaristas y luego soviéticos comenzaron a experimentar con agentes de largo plazo infiltrados en sociedades extranjeras. Con el correr de las décadas, la práctica se perfeccionó y sobrevivió a los cambios de régimen, atravesando la Guerra Fría y llegando intacta hasta la Rusia de Vladimir Putin, quien según coinciden distintos analistas ha sido uno de los principales impulsores y valedores de esta estrategia de inteligencia en los años recientes.
El caso que expuso al mundo la magnitud real de este programa ocurrió en 2010, cuando el FBI desarticuló una red de diez espías "durmientes" que llevaban años viviendo en Estados Unidos bajo identidades falsas, integrados a comunidades suburbanas, con trabajos convencionales, hijos escolarizados y vidas aparentemente normales. Aquel operativo, que terminó en un intercambio de prisioneros entre Washington y Moscú, reveló que algunos de estos agentes habían pasado por América Latina como parte de su entrenamiento o como escala en la construcción de sus identidades encubiertas.
La relación entre este programa y la región latinoamericana no es un dato menor ni reciente. Durante décadas, distintos países de América Latina funcionaron como puntos de tránsito clave para que los agentes ilegales obtuvieran documentación, perfeccionaran coartadas o adoptaran identidades de ciudadanos reales o ficticios nacidos en la región, aprovechando sistemas de registro civil más vulnerables y una menor cooperación en materia de inteligencia con Occidente en ciertos períodos históricos.

Para comprender por qué Moscú recurrió tantas veces a Latinoamérica en estas operaciones, hay que tener en cuenta el contexto geopolítico de la Guerra Fría, cuando la región se convirtió en un tablero de disputa entre bloques y varios gobiernos mantuvieron relaciones cercanas con la Unión Soviética. Esa cercanía histórica, sumada a la existencia de comunidades de inmigrantes de distintos orígenes en países como Argentina, Uruguay o México, ofrecía a los servicios de inteligencia soviéticos un terreno fértil para fabricar identidades creíbles y difíciles de rastrear.
Este tipo de operaciones no solo tiene un interés histórico, sino que sigue siendo relevante hoy para entender las tensiones actuales entre Rusia y Occidente. En los últimos años, distintos gobiernos europeos y Estados Unidos han denunciado la detección de nuevos agentes ilegales, lo que sugiere que el programa continúa activo pese al avance tecnológico y a los controles migratorios más estrictos que en teoría deberían dificultar este tipo de infiltración.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, este tipo de revelaciones tiene un interés particular porque expone cómo los sistemas de identidad y documentación de la región pueden ser vulnerados o utilizados con fines de espionaje internacional, algo que en ocasiones ha generado fricciones diplomáticas y ha obligado a los países latinoamericanos a reforzar sus controles de identidad y cooperación en materia de seguridad con agencias como el FBI o la CIA.
El programa de "Los ilegales" también ilustra la paciencia y el nivel de planificación que caracteriza a la inteligencia rusa: a diferencia de operaciones de corto plazo, estos agentes pueden pasar años sin ser activados, viviendo vidas completamente normales mientras esperan instrucciones que en muchos casos nunca llegan, lo que convierte a cada célula en una inversión de largo plazo cuyo verdadero valor solo se revela en momentos de crisis o necesidad estratégica.
El caso de 2010 y las revelaciones posteriores han permitido reconstruir parte de esta historia, aunque los expertos coinciden en que la información pública representa apenas una fracción de lo que realmente ha ocurrido dentro de este programa, dado el hermetismo con el que Moscú maneja este tipo de operaciones y la dificultad de comprobar de manera independiente cuántos agentes ilegales permanecen activos actualmente en distintas partes del mundo, incluida América Latina.
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