Ropa interior bajo tierra y cucarachas que dan "leche": los Ig Nobel 2025 celebran la ciencia más excéntrica
La entrega de estos premios, que parodian con humor a los Nobel pero honran investigaciones reales y curiosas, cambió de sede este año: dejó Harvard y se mudó a Suiza en medio de las tensiones políticas impulsadas por Donald Trump contra las universidades estadounidenses.

Cada año, cuando llega el otoño boreal, la comunidad científica internacional presta atención a una ceremonia que combina rigor académico con una buena dosis de humor: los Ig Nobel, los premios que reconocen investigaciones tan insólitas como reveladoras. La edición de este año no fue la excepción, y volvió a demostrar que detrás de los títulos más extravagantes suelen esconderse preguntas científicas legítimas sobre el mundo que nos rodea.
Entre los trabajos distinguidos se destacó un estudio que consistió en enterrar calzoncillos de algodón en distintos suelos para luego desenterrarlos semanas después y analizar su grado de descomposición. La lógica detrás del experimento no es tan disparatada como parece: cuanto más deteriorada queda la prenda, mayor es la actividad microbiana del suelo, un indicador clave de su fertilidad y salud biológica que suele usarse en estudios agronómicos y ambientales de manera mucho más costosa.
Otro de los galardones recayó en una investigación sobre cucarachas capaces de producir una sustancia con propiedades nutricionales similares a la leche, un hallazgo que en los últimos años despertó interés por su eventual aplicación en la industria alimentaria y en la búsqueda de fuentes alternativas de proteína. El estudio, que en su momento generó tanto curiosidad como rechazo, fue uno de los que más repercusión mediática tuvo en la última década de premios Ig Nobel.
La ceremonia de este año tuvo, además, un condimento particular: por primera vez en mucho tiempo, el evento no se realizó en su tradicional sede de la Universidad de Harvard, sino que se trasladó a Suiza. El cambio de locación no fue una decisión menor ni azarosa, sino que estuvo directamente relacionado con el clima político que atraviesan las universidades estadounidenses bajo la administración de Donald Trump.

Los Ig Nobel son organizados desde 1991 por la revista de humor científico Annals of Improbable Research, y desde sus inicios mantuvieron un vínculo estrecho con Harvard, que durante décadas ofició de anfitriona. La particularidad de la ceremonia es que, pese a su tono paródico, cuenta con la participación de premios Nobel reales, que entregan los galardones a los ganadores con la misma solemnidad —y el mismo humor— de siempre.
El traslado de la ceremonia no ocurre en el vacío. Desde el regreso de Trump al poder, su administración impulsó una serie de medidas que afectaron directamente a instituciones académicas de primer nivel, incluyendo recortes de financiamiento federal, presiones sobre políticas de admisión y cuestionamientos a la autonomía universitaria. Harvard, en particular, se convirtió en uno de los blancos más visibles de esa disputa, lo que llevó a numerosos actores del mundo académico a reconsiderar alianzas y sedes de eventos vinculados a la universidad.
Para la comunidad científica, este tipo de tensiones no son un dato menor: Estados Unidos concentra buena parte de la producción de investigación mundial, y buena parte de esa producción depende de fondos públicos y de la libertad institucional de las universidades para definir sus agendas. Cualquier fricción entre el poder político y el ámbito académico repercute no solo puertas adentro de los campus, sino también en la forma en que el mundo percibe a Estados Unidos como polo de innovación científica.
Los Ig Nobel, más allá de su formato humorístico, cumplen desde hace más de tres décadas un rol particular: llamar la atención sobre investigaciones que, a primera vista, pueden sonar ridículas, pero que en muchos casos terminan aportando conocimiento útil o al menos una mirada distinta sobre fenómenos cotidianos. La frase que suele repetirse en cada ceremonia resume bien su espíritu: se premian estudios que primero hacen reír y después hacen pensar.
Para el público latino en Estados Unidos y en América Latina, este tipo de eventos también sirve como recordatorio de que la ciencia no siempre se mueve en los términos grandilocuentes de los grandes descubrimientos, sino también en la curiosidad aplicada a preguntas pequeñas, cotidianas, que a veces terminan teniendo un impacto mayor al esperado en áreas como la agricultura, la alimentación o la salud ambiental.
Te puede interesar

Anthropic asegura haber bloqueado intentos de usar su IA para desarrollar armas biológicas

Salinas de Cabo de Gata: la ruta que revela el mineral más antiguo de Almería entre paisajes de otro planeta
