Venezuela ya decidió su rumbo: el poder sigue sin registrar el cambio
Los sismos de junio funcionaron como catalizador de un proceso que ya venía madurando: la sociedad venezolana ordenó sus expectativas en torno a una sola idea, mientras el régimen insiste en repetir el mismo libreto de siempre.

Venezuela atraviesa un momento de definiciones que, según distintos análisis, ya se procesó puertas adentro de la sociedad aunque el poder político todavía no lo asimila. Los terremotos registrados en junio funcionaron como un acelerador de tendencias que ya venían gestándose desde hace tiempo, obligando a amplios sectores a reorganizar sus prioridades y expectativas de cara al futuro inmediato del país.
El diagnóstico apunta a que, mientras las estructuras de poder repiten fórmulas y discursos que ya no logran el mismo efecto de antes, la ciudadanía avanzó por su cuenta hacia un consenso implícito. Ese consenso se condensa, de acuerdo con el análisis, en una sola palabra que funciona como brújula colectiva para pensar el porvenir del país.
Uno de los elementos más señalados es el cambio en la percepción sobre el rol de Estados Unidos en la ecuación venezolana. La expectativa de la sociedad respecto de Washington habría mutado de manera significativa, lo que reconfigura el tablero de actores externos que inciden -o podrían incidir- en el desenlace de la crisis política venezolana.
Para entender la magnitud de este reacomodo hay que recordar que Venezuela lleva más de una década inmersa en una crisis política, económica y social que derivó en una de las mayores olas migratorias de la historia reciente de América Latina. Millones de venezolanos abandonaron el país huyendo de la hiperinflación, la escasez y la represión política, muchos de ellos hoy radicados en distintas ciudades de Estados Unidos, donde conforman una de las comunidades latinas de mayor crecimiento en los últimos años.
En ese contexto, cualquier señal de cambio en Venezuela repercute de forma directa en esa diáspora. Las decisiones que tome Washington respecto de sanciones, licencias petroleras, estatus migratorio temporal (TPS) o negociaciones diplomáticas con Caracas tienen un correlato inmediato en la vida cotidiana de cientos de miles de familias venezolanas que residen en Florida, Texas y otros estados con fuerte presencia hispana.

El régimen liderado desde el chavismo, por su parte, mantiene un patrón de conducta que los analistas describen como reiterativo: apelar a los mismos recursos discursivos y de control que utilizó en crisis anteriores, sin advertir que el humor social atravesó una transformación de fondo. Esa desconexión entre la dirigencia y la base social es, justamente, uno de los ejes centrales del planteo.
La comparación con procesos de transición en otros países de la región resulta ineludible cuando se analiza el fenómeno venezolano. En más de una ocasión, gobiernos que se percibieron a sí mismos como estables terminaron sorprendidos por la velocidad con la que se reconfiguraron las mayorías sociales, un patrón que expertos en ciencia política vienen observando también en el caso venezolano.
Los eventos naturales, como los sismos de junio, suelen operar históricamente como puntos de inflexión simbólicos en contextos de tensión política preexistente: no generan por sí mismos el descontento, pero sí pueden precipitar procesos de toma de conciencia colectiva que ya estaban en marcha. Ese parece ser el rol que cumplieron en esta coyuntura venezolana.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, y en particular para los venezolanos que forman parte de ella, el seguimiento de estos movimientos internos resulta clave: no solo por el vínculo afectivo y familiar con quienes permanecen en el país, sino porque cualquier eventual apertura política podría modificar las condiciones de retorno, inversión o vinculación con Venezuela en el mediano plazo.
En definitiva, el escenario que describe el análisis original plantea una brecha creciente entre una sociedad que ya procesó su expectativa de cambio y un poder que continúa operando bajo lógicas del pasado. Esa distancia, sostienen los especialistas, será determinante para entender los próximos movimientos políticos en Venezuela y su impacto tanto dentro del país como en la diáspora.
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