A 25 años del 11-S, el cáncer y el trauma siguen cobrándose víctimas entre los rescatistas
Un cuarto de siglo después de los atentados a las Torres Gemelas, miles de sobrevivientes y bomberos de Nueva York continúan enfrentando enfermedades derivadas de la exposición tóxica en la Zona Cero, desde cáncer hasta secuelas psicológicas.

Han pasado 25 años desde que los atentados del 11 de septiembre de 2001 derrumbaron las Torres Gemelas en Nueva York, pero para miles de personas que estuvieron en la Zona Cero aquel día —o en los meses posteriores durante las tareas de rescate y limpieza— el horror nunca terminó. Muchos de ellos aseguran que no existe una sola jornada en la que no recuerden lo vivido, ya sea por el peso emocional del trauma o por las enfermedades físicas que arrastran desde entonces.
Según datos del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY), más de 12.000 miembros de la institución padecen actualmente dolencias vinculadas de manera directa con su exposición al polvo, los escombros y los materiales tóxicos que quedaron flotando en el aire tras el colapso de las torres. Entre los diagnósticos más frecuentes figuran distintos tipos de cáncer, enfermedades respiratorias crónicas y trastornos de salud mental, como estrés postraumático y depresión.
La magnitud de la cifra resulta especialmente significativa si se considera que muchos de estos casos no aparecieron de inmediato, sino que se desarrollaron con los años, a medida que las sustancias inhaladas o absorbidas durante las labores de rescate fueron generando daños progresivos en el organismo. Esto llevó a que, con el paso del tiempo, la lista de afectados no dejara de crecer, incorporando a nuevas generaciones de bomberos, policías y trabajadores que en su momento no imaginaron las consecuencias a largo plazo de su labor.
Para comprender la dimensión del problema, es necesario recordar que la nube tóxica que cubrió el bajo Manhattan tras el ataque contenía una mezcla de asbesto, metales pesados, vidrio pulverizado y otros compuestos peligrosos provenientes de la destrucción de los edificios. Durante semanas, miles de rescatistas trabajaron en la llamada Zona Cero sin la protección adecuada, expuestos de manera prolongada a estos materiales mientras buscaban sobrevivientes y luego restos humanos entre los escombros.

Con el correr de los años, el gobierno de Estados Unidos debió reconocer oficialmente el vínculo entre esa exposición y una larga lista de enfermedades, lo que derivó en la creación de programas de salud y compensación económica destinados a asistir a los afectados. Sin embargo, para muchos sobrevivientes el proceso de acceder a estos beneficios resultó lento y burocrático, mientras las enfermedades continuaban avanzando.
El impacto del 11-S no se limitó únicamente al plano físico. Numerosos estudios y testimonios recogidos a lo largo de estas dos décadas y media dan cuenta de un profundo deterioro en la salud mental de quienes vivieron el ataque de cerca, ya sea como rescatistas, sobrevivientes o familiares de víctimas. Trastornos de ansiedad, insomnio crónico y cuadros de estrés postraumático severo son parte del legado invisible que dejó aquel día en miles de neoyorquinos.
Este aniversario número 25 vuelve a poner en primer plano un debate que atraviesa a buena parte de la sociedad estadounidense: cómo sostener en el tiempo la atención médica y psicológica de quienes arriesgaron su vida en una tragedia que, aunque ocurrió hace un cuarto de siglo, sigue generando nuevos diagnósticos cada año. La comunidad de rescatistas ha señalado en reiteradas ocasiones que la memoria del 11-S no puede reducirse a un acto conmemorativo anual, sino que debe traducirse en políticas de salud pública sostenidas.
El caso también resuena con fuerza dentro de la comunidad latina en Estados Unidos, ya que numerosos trabajadores de origen hispano participaron en las tareas de rescate y limpieza en los días posteriores al atentado, muchos de ellos empleados en tareas de construcción, seguridad y servicios de emergencia. Para estas familias, el reconocimiento tardío de enfermedades ocupacionales vinculadas al 11-S representa además un reclamo de justicia y visibilidad dentro de una narrativa que históricamente puso el foco en los cuerpos de bomberos y policías de la ciudad.
A 25 años del atentado que cambió la historia reciente de Estados Unidos, los sobrevivientes y rescatistas insisten en que la salud física y mental derivada de aquel día sigue siendo una herida abierta. Mientras la ciudad de Nueva York realiza actos conmemorativos, miles de personas continúan bajo tratamiento médico, conviviendo con secuelas que, lejos de haberse cerrado con el tiempo, forman parte de su vida cotidiana un cuarto de siglo después.
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