Autismo y pantallas: una neuroeducadora explica cómo estimular sin saturar el cerebro infantil
La especialista Elvira Perejón aborda el fenómeno del llamado "autismo digital" y ofrece claves para diferenciar entre estimulación cerebral adecuada y sobrecarga sensorial en la infancia.

La neuroeducadora Elvira Perejón volvió a poner sobre la mesa un debate que crece entre familias y especialistas de la salud infantil: el impacto del uso temprano y masivo de pantallas en el desarrollo cerebral de los niños, un fenómeno que algunos expertos describen como "autismo digital".
Según explicó Perejón, la clave no está en eliminar todo estímulo tecnológico de la vida de un niño, sino en comprender la diferencia entre estimular de forma adecuada y sobrecargar un sistema nervioso que todavía está en formación. La distinción, sostiene, es central para entender por qué ciertos patrones de consumo audiovisual pueden alterar el desarrollo cognitivo y emocional.
La especialista remarcó que el cerebro infantil necesita experiencias específicas para desarrollarse de manera saludable: interacción física, contacto visual sostenido, juego libre y vínculos afectivos genuinos. Cuando esas experiencias son reemplazadas de forma sistemática por estímulos de pantalla —rápidos, pasivos y unidireccionales—, el desarrollo neurológico puede verse afectado, generando conductas que se asemejan a rasgos del espectro autista sin serlo necesariamente.
Este concepto de "autismo digital" no implica que las pantallas causen autismo en sentido clínico, sino que ciertos patrones de exposición temprana y prolongada pueden producir síntomas similares: dificultades de atención, retraso en el lenguaje, problemas para regular emociones y menor capacidad de conexión social. Perejón insiste en que diagnosticar a tiempo y ajustar los hábitos familiares puede revertir buena parte de estos efectos si se actúa en etapas tempranas.

El debate sobre el uso de pantallas en la infancia no es nuevo, pero se ha intensificado en los últimos años a medida que tablets, celulares y contenidos audiovisuales se volvieron parte cotidiana de la crianza en hogares de clase media y alta en toda la región. Numerosos pediatras y organizaciones de salud han emitido recomendaciones cada vez más estrictas sobre el tiempo de exposición a dispositivos en los primeros años de vida.
En Estados Unidos, la Academia Americana de Pediatría recomienda evitar por completo el uso de pantallas en menores de 18 meses, salvo videollamadas, y limitar drásticamente el consumo en niños de entre 2 y 5 años. Esta guía ha influido en cómo muchas familias latinas residentes en el país organizan la crianza, en un contexto donde el acceso a dispositivos suele ser temprano y constante.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, el tema tiene una dimensión adicional: muchos hogares combinan largas jornadas laborales de los padres con el uso de tablets o celulares como herramienta de contención infantil, lo que multiplica la exposición digital en edades tempranas. Especialistas en desarrollo infantil advierten que este patrón, sumado a la falta de acceso a programas de estimulación temprana en algunos sectores, puede profundizar las brechas de desarrollo cognitivo entre distintos grupos socioeconómicos.
Perejón propone un enfoque que prioriza la calidad sobre la cantidad de estímulos: en lugar de multiplicar actividades o pantallas, recomienda ofrecer experiencias sensoriales y emocionales ricas pero acotadas, respetando los tiempos de procesamiento de cada niño. Este enfoque se alinea con corrientes actuales de neuroeducación que ponen el foco en el vínculo afectivo como base del desarrollo cerebral, por encima de la acumulación de estímulos externos.
El mensaje central de la especialista apunta a los adultos responsables de la crianza: la sobreestimulación no es sinónimo de mejor desarrollo, y el uso indiscriminado de pantallas como sustituto de la interacción humana puede tener consecuencias medibles en el largo plazo. La recomendación es observar señales tempranas —dificultad para sostener la mirada, poca tolerancia a la frustración, retraso en el lenguaje— y consultar con profesionales antes de normalizar patrones que podrían corregirse a tiempo.
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