La llegada del frío eleva el riesgo de bajar la vitamina D: qué efectos tiene en el cuerpo y cómo evitarlo
Con la disminución de la exposición solar durante el invierno, el organismo produce menos vitamina D, un nutriente clave para huesos, músculos y sistema inmune. Especialistas explican cómo mantener niveles adecuados y cuándo recurrir a la suplementación.

Con la llegada de los meses fríos, muchas personas experimentan una caída en sus niveles de vitamina D, un nutriente esencial que el cuerpo produce mayormente gracias a la exposición de la piel a la luz solar. Durante el invierno, los días son más cortos, el sol incide con menor intensidad y las personas suelen abrigarse más, factores que combinados reducen de manera significativa la síntesis natural de esta vitamina.
Especialistas consultados por Infobae explicaron que esta caída estacional no es un dato menor, ya que la vitamina D cumple funciones fundamentales en el organismo. No se trata solo de un nutriente vinculado a la salud ósea, sino que también interviene en el funcionamiento del sistema inmune, en la salud muscular y en procesos metabólicos que impactan de manera directa en el bienestar general.
Uno de los principales riesgos de un déficit de vitamina D es el debilitamiento óseo, ya que este nutriente resulta clave para la correcta absorción de calcio. Cuando los niveles bajan de forma sostenida, aumenta la probabilidad de sufrir problemas como osteoporosis u osteopenia, especialmente en personas mayores o en quienes ya presentan factores de riesgo previos.
Además de los efectos sobre los huesos, los expertos señalaron que la falta de esta vitamina puede traducirse en mayor cansancio, dolores musculares, alteraciones del ánimo y una mayor propensión a infecciones respiratorias, algo particularmente relevante durante la temporada invernal, cuando circulan con más fuerza los cuadros gripales y otras enfermedades estacionales.
Para sostener los niveles de vitamina D de manera natural, los especialistas recomiendan aprovechar los momentos de sol disponibles, incluso en invierno, exponiendo la piel durante períodos breves y en horarios de mayor luminosidad. También se sugiere incorporar alimentos que aporten este nutriente, como pescados grasos, yema de huevo y lácteos fortificados, que pueden ayudar a compensar parcialmente la menor producción cutánea.

En los casos en que la alimentación y la exposición solar no resultan suficientes, los profesionales de la salud consultados indicaron que puede ser necesario recurrir a la suplementación, siempre bajo indicación médica y luego de confirmar mediante un análisis de sangre que los valores se encuentran por debajo de lo recomendado. La automedicación no es aconsejable, ya que un exceso de vitamina D también puede generar complicaciones.
Este fenómeno estacional no es exclusivo de un país en particular, sino que afecta a poblaciones enteras en regiones con inviernos marcados, incluidas muchas ciudades de Estados Unidos donde reside una amplia comunidad latina. En zonas del norte del país, con jornadas más cortas y temperaturas bajas durante varios meses, el riesgo de déficit suele ser mayor que en regiones más cálidas.
La preocupación por la vitamina D ha crecido en los últimos años dentro de la comunidad médica, en parte porque los estilos de vida modernos —con jornadas laborales bajo techo y menor tiempo al aire libre— ya reducían la exposición solar incluso antes de que llegara el frío. Esto convierte al invierno en un agravante de una tendencia que muchos especialistas venían observando durante todo el año.
Los grupos considerados de mayor riesgo incluyen a personas mayores, quienes tienen la piel más oscura —que sintetiza vitamina D con menor eficiencia—, personas con obesidad y aquellas que pasan la mayor parte del día en interiores por motivos laborales o de salud. Para estos sectores, los controles periódicos y la consulta médica cobran especial relevancia durante los meses de menor luz solar.
En definitiva, mantener niveles adecuados de vitamina D durante el invierno requiere una combinación de hábitos: aprovechar el sol disponible, cuidar la alimentación y, cuando sea necesario, recurrir a la suplementación indicada por un profesional. Los especialistas coinciden en que la prevención y el monitoreo son las mejores herramientas para evitar las consecuencias asociadas a su déficit.
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