Salud mental universitaria: cinco claves para arrancar el semestre sin caer en el estrés
Una especialista en psicología recomienda incorporar hábitos de autocuidado desde las primeras semanas de clases para prevenir el agotamiento académico y saber cuándo pedir ayuda profesional.

El inicio de un nuevo semestre universitario suele traer consigo una mezcla de entusiasmo y ansiedad. Nuevas materias, profesores desconocidos, cambios de horario y la presión por rendir académicamente pueden convertirse rápidamente en fuentes de estrés si no se abordan a tiempo. Según Sandra Fuentes Chávez, docente de la Escuela de Psicología de la Universidad César Vallejo (UCV), el momento de mayor vulnerabilidad emocional para los estudiantes no llega en medio de los exámenes finales, sino en las primeras semanas de clases, cuando se reorganizan las rutinas.
La especialista sostiene que la clave está en la prevención más que en la reacción. Esperar a sentirse desbordado para actuar suele ser tarde, explica, por lo que recomienda que los estudiantes incorporen hábitos de autocuidado desde el primer día de clases, antes de que la carga académica se acumule y genere cuadros de ansiedad o agotamiento difíciles de revertir.
Entre las recomendaciones que propone Fuentes Chávez se destaca, en primer lugar, la organización del tiempo mediante una planificación realista de tareas, evitando la postergación y el exceso de compromisos simultáneos. En segundo lugar, subraya la importancia de mantener rutinas básicas de sueño, alimentación y actividad física, pilares que suelen ser los primeros en descuidarse cuando comienza la exigencia académica.
Como tercer punto, la docente de la UCV menciona la necesidad de establecer límites claros entre el tiempo de estudio y el tiempo de descanso, evitando que la vida universitaria absorba por completo los espacios personales y sociales. El cuarto consejo apunta a cultivar vínculos de apoyo, ya sea con compañeros, familiares o grupos de contención, dado que el aislamiento suele intensificar los síntomas de estrés. Finalmente, como quinto punto, recomienda prestar atención a las señales de alerta emocional y, si estas interfieren con la vida cotidiana, buscar apoyo profesional sin demora.

Este tipo de recomendaciones cobra especial relevancia si se considera el contexto más amplio de la salud mental en el ámbito universitario, un problema que en los últimos años ha ganado visibilidad tanto en América Latina como en Estados Unidos. Distintos estudios y encuestas realizadas en campus universitarios han mostrado un aumento sostenido de los niveles de ansiedad, depresión y agotamiento entre estudiantes, especialmente tras la pandemia de COVID-19, que modificó de forma abrupta las dinámicas educativas y sociales de toda una generación.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, este tema adquiere una dimensión adicional. Muchos estudiantes de origen hispano enfrentan, además de las exigencias propias de la vida académica, factores como la presión migratoria, las barreras idiomáticas, la carga económica de la educación superior y, en muchos casos, la responsabilidad de ser la primera generación de su familia en asistir a la universidad. Estas circunstancias pueden intensificar el estrés académico y, al mismo tiempo, dificultar el acceso a servicios de salud mental adecuados o culturalmente sensibles.
El fenómeno conocido como burnout académico, caracterizado por agotamiento emocional, distanciamiento de los estudios y sensación de ineficacia, ha sido objeto de creciente atención por parte de universidades de la región, muchas de las cuales han comenzado a implementar programas de bienestar estudiantil, líneas de apoyo psicológico y campañas de sensibilización al inicio de cada ciclo lectivo, precisamente en el período que la especialista de la UCV identifica como crítico.
La recomendación de incorporar hábitos saludables desde el comienzo del semestre no busca eliminar por completo el estrés, algo prácticamente imposible en un entorno académico exigente, sino evitar que este se vuelva crónico y termine afectando el rendimiento y la salud integral del estudiante. La diferencia, según los especialistas en psicología educativa, radica en distinguir entre un nivel de tensión manejable, que puede incluso funcionar como motivador, y un estado de agotamiento sostenido que requiere intervención.
En ese sentido, el mensaje central que transmite Fuentes Chávez apunta a normalizar la búsqueda de ayuda profesional como parte del cuidado integral del estudiante, y no como un signo de debilidad. Reconocer las señales de alerta a tiempo —dificultad para concentrarse, irritabilidad, alteraciones del sueño o pérdida de interés en actividades cotidianas— puede marcar la diferencia entre transitar el semestre con equilibrio o llegar a instancias de crisis emocional más difíciles de abordar.
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