Un estudio con casi un millón de personas vincula las bebidas muy calientes con mayor riesgo de cáncer de esófago
Una investigación realizada en el Reino Unido encontró que tomar té o café a temperaturas elevadas podría triplicar las probabilidades de desarrollar este tipo de tumor. Especialistas explican el mecanismo del daño y cómo reducir el riesgo.

Un nuevo estudio realizado con casi un millón de adultos en el Reino Unido puso el foco sobre un hábito cotidiano que millones de personas repiten sin pensarlo dos veces: tomar té o café muy caliente. Según la investigación, este comportamiento podría triplicar el riesgo de desarrollar cáncer de esófago, uno de los tumores digestivos con peor pronóstico cuando se detecta en etapas avanzadas.
El trabajo analizó los patrones de consumo de bebidas calientes en una muestra poblacional de gran escala, buscando establecer una asociación entre la temperatura a la que se ingieren el té y el café y la incidencia de este tipo de cáncer. Los resultados reforzaron una hipótesis que la comunidad científica viene investigando desde hace años: no es solo lo que se bebe, sino a qué temperatura se hace, lo que puede marcar una diferencia significativa en el riesgo oncológico.
Especialistas consultados por medios especializados explicaron que el mecanismo detrás de este fenómeno está relacionado con el daño térmico recurrente que sufre la mucosa esofágica. Cada vez que un líquido demasiado caliente entra en contacto con las paredes internas del esófago, se produce una microlesión. Si este proceso se repite de forma sistemática durante años, el tejido puede desarrollar alteraciones celulares que, con el tiempo, derivan en procesos precancerosos.
El cáncer de esófago es un tumor que suele diagnosticarse tardíamente, en parte porque sus síntomas iniciales —como dificultad leve para tragar o molestias digestivas inespecíficas— suelen confundirse con otras afecciones menos graves. Por eso, identificar factores de riesgo modificables, como la temperatura de las bebidas, cobra especial relevancia desde una perspectiva de prevención primaria.

Este tipo de hallazgos se suma a un cuerpo de evidencia previo que ya había llevado a la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, a clasificar el consumo de bebidas a temperaturas superiores a los 65 grados como un factor probablemente carcinogénico para los seres humanos. Esa clasificación se basó originalmente en estudios realizados en regiones donde es habitual consumir té extremadamente caliente, como partes de Asia central y Sudamérica, donde la incidencia de este cáncer es más elevada.
En el contexto de la comunidad latina, tanto en Estados Unidos como en América Latina, este dato resulta particularmente relevante. El mate, muy popular en países como Argentina, Uruguay y Paraguay, así como el café bebido a alta temperatura en gran parte de la región, forman parte de rituales sociales y culturales profundamente arraigados. La costumbre de tomar estas bebidas recién hervidas o muy calientes podría, según esta línea de investigación, representar un factor de riesgo acumulativo que muchas veces pasa inadvertido.
Los especialistas coinciden en que la recomendación no apunta a eliminar el consumo de té, café o mate, sino a modificar la temperatura a la que se ingieren. Dejar que la bebida repose unos minutos antes de tomarla, o directamente enfriarla levemente antes del primer sorbo, son medidas simples que podrían reducir el daño térmico acumulado a lo largo de los años sin necesidad de resignar el hábito.
Además de la temperatura, los expertos remarcan que el cáncer de esófago tiene otros factores de riesgo bien documentados, como el consumo de tabaco y alcohol, el reflujo gastroesofágico crónico y la obesidad. La combinación de varios de estos factores multiplica las probabilidades de desarrollar la enfermedad, por lo que el abordaje preventivo integral sigue siendo la estrategia más recomendada por la comunidad médica.
Este tipo de estudios epidemiológicos de gran escala, como el realizado en el Reino Unido, resultan clave para la salud pública porque permiten identificar patrones de comportamiento que, aunque parezcan inofensivos, pueden tener un impacto medible en la incidencia de enfermedades graves. La difusión de estos hallazgos busca generar conciencia sin alarmar, promoviendo cambios de hábito accesibles y de bajo costo para amplios sectores de la población.
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