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Mente & Salud

Un psicólogo experto en familia explica por qué crece el malestar emocional juvenil y cómo cuidarlo sin sobreproteger

Mark Dangerfield, director del Instituto Universitario de Salud Mental Vidal i Barraquer, analiza el aumento del malestar emocional entre adolescentes y jóvenes, y ofrece claves para que las familias fortalezcan el vínculo sin caer en el control excesivo.

Redacción Diario Latina · 3 de septiembre de 20264 min de lectura
Un psicólogo experto en familia explica por qué crece el malestar emocional juvenil y cómo cuidarlo sin sobreproteger

El psicólogo Mark Dangerfield, director del Instituto Universitario de Salud Mental Vidal i Barraquer, planteó una idea que rompe con el sentido común de muchas familias: una relación entre padres e hijos no se mide por la ausencia de peleas, sino por la capacidad de reparar los conflictos cuando aparecen. Según su análisis, el ideal de una crianza sin roces es no solo imposible, sino incluso contraproducente para el desarrollo emocional de los chicos.

El especialista sostiene que el malestar emocional entre adolescentes y jóvenes viene en aumento, un fenómeno que preocupa tanto a educadores como a profesionales de la salud mental. Dangerfield busca entender las causas de ese incremento y, sobre todo, ofrecer herramientas concretas para que las familias puedan acompañar a sus hijos sin caer en extremos como el control excesivo o la sobreprotección, dos actitudes que, lejos de proteger, pueden debilitar la autonomía emocional de los más jóvenes.

Uno de los ejes centrales de su planteo es que los conflictos entre padres e hijos no deben evitarse a toda costa. Por el contrario, aprender a discutir, enojarse y luego volver a conectar es parte esencial de un vínculo sano. La clave, según el psicólogo, está en la capacidad de reparación: reconocer el error, pedir disculpas cuando corresponde y restablecer la confianza después de una tensión, en lugar de fingir que nada pasó o castigar con distancia emocional.

Para contextualizar esta discusión, vale recordar que en las últimas décadas distintos organismos de salud, entre ellos la Organización Mundial de la Salud, vienen advirtiendo sobre el incremento de la ansiedad, la depresión y otros trastornos emocionales en la población adolescente a nivel global. Factores como el uso intensivo de redes sociales, la presión académica, la incertidumbre económica y los cambios en la estructura familiar suelen mencionarse como parte de un cóctel complejo que afecta la salud mental juvenil.

Este fenómeno no es ajeno a la comunidad latina en Estados Unidos, donde muchas familias inmigrantes enfrentan además el desafío de criar hijos entre dos culturas, dos idiomas y, muchas veces, dos sistemas de valores distintos. Las tensiones generacionales propias de la adolescencia se suman, en estos casos, a la presión de la aculturación, lo que puede intensificar el malestar emocional tanto en los jóvenes como en sus padres, que a veces sienten que pierden autoridad o cercanía con sus hijos.

En América Latina, la salud mental adolescente también ocupa un lugar creciente en la agenda pública, aunque el acceso a atención psicológica especializada sigue siendo desigual según el país y el nivel socioeconómico. En ese contexto, discursos como el de Dangerfield cobran relevancia porque no dependen exclusivamente de recursos institucionales, sino que apuntan a transformar las dinámicas cotidianas dentro del hogar, un terreno donde cualquier familia puede intervenir.

Otro punto que aborda el director del Instituto Vidal i Barraquer es la diferencia entre cuidar y controlar. Mientras que el cuidado implica estar disponible, escuchar y poner límites razonables, el control excesivo busca anticipar y eliminar cualquier riesgo o error posible, lo que termina restando a los jóvenes la oportunidad de equivocarse, aprender y desarrollar su propia capacidad de resolución de conflictos.

La sobreprotección, señala el psicólogo, puede tener el efecto paradójico de generar más ansiedad en los hijos, en lugar de brindarles seguridad. Cuando los padres intentan resolver todo por ellos o evitarles cualquier frustración, los jóvenes pueden llegar a la vida adulta con menos herramientas para tolerar la incertidumbre y el fracaso, elementos inevitables en cualquier trayectoria personal.

Dangerfield insiste en que la clave no está en un modelo de crianza perfecto ni en evitar el conflicto, sino en construir un vínculo lo suficientemente flexible y resistente como para absorber los desacuerdos propios de cada etapa de crecimiento. Esa capacidad de reparación, más que la ausencia de tensiones, es lo que a largo plazo fortalece la confianza entre padres e hijos y protege la salud emocional de los más jóvenes.

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