Vergüenza y estigma: por qué muchos damnificados del sismo en Colombia no piden ayuda al Estado
Un análisis de la Universidad de San Buenaventura revela que factores identitarios y emocionales llevan a numerosas víctimas del reciente terremoto en Colombia a no reportarse ante las autoridades, pese a haber sufrido pérdidas materiales.

Tras el reciente terremoto que sacudió a Colombia, especialistas comenzaron a analizar un fenómeno que suele quedar invisible en las estadísticas oficiales: muchas personas afectadas eligen no reportarse como damnificadas ante el Estado. Según un análisis difundido por Infobae, esta conducta responde a razones que van más allá de lo económico o logístico y se vinculan directamente con aspectos emocionales y culturales.
El psicólogo Javier Aceros, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de San Buenaventura, explicó que uno de los factores centrales detrás de esta decisión es la vergüenza. Para muchos ciudadanos, admitir públicamente que perdieron su vivienda, sus pertenencias o su estabilidad económica implica exponer una vulnerabilidad que preferirían mantener oculta, incluso cuando eso signifique quedarse sin la ayuda estatal a la que tendrían derecho.
De acuerdo con el análisis, existen razones identitarias que interfieren directamente en la decisión de pedir asistencia. No se trata solo de desconocer los mecanismos de ayuda o de dudar de su eficacia, sino de un conflicto interno: reconocerse como "damnificado" puede sentirse como una etiqueta que altera la manera en que una persona se percibe a sí misma y cómo cree que será vista por su entorno social.
Este mecanismo psicológico no es exclusivo de Colombia ni de los desastres naturales. En distintas culturas latinoamericanas, pedir ayuda pública suele asociarse con una pérdida de autonomía o con la idea de convertirse en una carga para el Estado o la comunidad. Ese estigma se profundiza en sociedades donde el esfuerzo individual y la autosuficiencia son valorados como virtudes, mientras que necesitar asistencia externa puede interpretarse, erróneamente, como un fracaso personal.

Esta dinámica tiene consecuencias concretas más allá de lo emocional. Cuando una parte significativa de la población afectada por una catástrofe no se registra oficialmente, los organismos de gestión de riesgos y ayuda humanitaria manejan cifras incompletas. Esto puede traducirse en una distribución de recursos que no refleja la magnitud real del desastre, dejando a familias enteras sin acceso a subsidios, reconstrucción de viviendas o apoyo psicosocial.
El impacto psicológico de los terremotos y otros desastres naturales suele subestimarse frente a los daños materiales, más visibles y cuantificables. Sin embargo, el estrés postraumático, la ansiedad y los cuadros depresivos son frecuentes entre las poblaciones que atraviesan este tipo de eventos, y su atención depende en gran medida de que las personas se animen a pedir ayuda, tanto material como emocional.
En comunidades latinas, tanto en la región como entre quienes residen en Estados Unidos, este tipo de barreras culturales también se replica frente a otras situaciones de crisis, como desempleo, violencia doméstica o problemas de salud mental. El temor al juicio social o familiar suele operar como un freno silencioso para acceder a programas de asistencia disponibles.
Especialistas en psicología comunitaria insisten en que romper este ciclo de silencio requiere campañas de comunicación que despojen de estigma la palabra "damnificado" y que refuercen la idea de que solicitar ayuda tras una catástrofe es un derecho y no una señal de debilidad. La forma en que el Estado y los medios comunican estas situaciones puede influir directamente en la disposición de la gente a reportarse.
El caso analizado en Colombia pone sobre la mesa un debate más amplio sobre cómo diseñar políticas de emergencia que contemplen no solo la infraestructura y la logística, sino también las barreras psicológicas y culturales que impiden que la ayuda llegue a quienes más la necesitan tras un terremoto u otro desastre natural.
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